jueves, 27 de mayo de 2021

Los Estados nacionales de América Latina

 Los Estados nacionales de América Latina

Los inicios de la vida independiente de México

Tras el corto imperio de Iturbide, en 1824 se promulgó la Constitución que creó la República Federal de los Estados Unidos Mexicanos. Apareció entonces una de las figuras más polémicas del caudillismo latinoamericano, Antonio López de Santa Anna (1794-1876), once veces presidente de México. A lo largo de su carrera política, tuvo los más diversos aliados, pues no le interesaban las ideologías sino el poder. Sus malas decisiones repercutieron en grandes pérdidas territoriales (ver lectura de la página 102). Benito Juárez (1806-1872), abogado y político de origen indígena zapoteca, y otros líderes liberales, derrocaron a Santa Anna en 1857.



Juárez y la Reforma liberal

Las Leyes de Reforma, expedidas por el régimen liberal, impulsaron la economía de libre mercado, establecieron la separación de la Iglesia y el Estado, la secularizaron de la educación, y anularon los privilegios de las “corporaciones”, a las que se quitó el derecho a poseer tierras (entre ellas a la Iglesia, pero también a las comunidades indígenas). Benito Juárez fue un presidente sabio y apreciado –famoso por su doctrina de que “el respeto al derecho ajeno es la paz”– pero tuvo que enfrentar nuevas guerras civiles con los conservadores y, lo más grave, la invasión en 1862 del ejército de Napoleón III de Francia y la imposición de un emperador extranjero, Maximiliano I de Habsburgo



Las sociedades latinoamericanas luego de la Independencia

La lucha por la Independencia tuvo serias consecuencias para las naciones latinoamericanas recién liberadas: a la inmensa cantidad de muertos los países tenían que sumar la crisis económica producto de los años de caos agrícola y comercial, y las grandes deudas con las que comenzaban su vida las naciones por las compras de armas y pertrechos para los distintos ejércitos independentistas. Por otro lado, la independencia no aseguró el fin de los conflictos; al contrario, las rivalidades regionales y las luchas políticas –sobre todo entre federalistas y centralistas, y entre liberales y conservadores– desembocaron muchas veces en guerras civiles. La gran mayoría de la población quedó marginada por su raza, por su pobreza, por analfabeta, y sufrió las peores consecuencias de estos conflictos. Por ello, el poder político en los nuevos países resultó débil y las raíces democráticas poco profundas. La preponderancia que habían alcanzado los ejércitos promovió, a su vez, el caudillismo, es decir, la ambición de mando de hombres fuertes, respaldados por las armas que, cuando alcanzaban el poder, gobernaban despóticamente e intentaban eternizarse en él. Estos pasos iniciales no solo vacilantes sino, a veces, bastante anárquicos y violentos, conspiraron para que no cuajara rápido el proceso de formación de los Estados nacionales. No era solo un nombre y una Constitución, había que crear un mercado nacional. Para esto se requería vías de comunicación, una moneda nacional mínimamente solvente y fronteras definidas, lo que, a su vez, generaría conflictos entre los distintos países.

 


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