Los Estados nacionales de América Latina
Los inicios de la vida independiente de México
Tras
el corto imperio de Iturbide, en 1824 se promulgó la Constitución que creó la
República Federal de los Estados Unidos Mexicanos. Apareció entonces una de las
figuras más polémicas del caudillismo latinoamericano, Antonio López de Santa
Anna (1794-1876), once veces presidente de México. A lo largo de su carrera
política, tuvo los más diversos aliados, pues no le interesaban las ideologías
sino el poder. Sus malas decisiones repercutieron en grandes pérdidas
territoriales (ver lectura de la página 102). Benito Juárez (1806-1872),
abogado y político de origen indígena zapoteca, y otros líderes liberales,
derrocaron a Santa Anna en 1857.
Juárez y la Reforma liberal
Las Leyes de Reforma, expedidas por el régimen liberal, impulsaron la economía de libre mercado, establecieron la separación de la Iglesia y el Estado, la secularizaron de la educación, y anularon los privilegios de las “corporaciones”, a las que se quitó el derecho a poseer tierras (entre ellas a la Iglesia, pero también a las comunidades indígenas). Benito Juárez fue un presidente sabio y apreciado –famoso por su doctrina de que “el respeto al derecho ajeno es la paz”– pero tuvo que enfrentar nuevas guerras civiles con los conservadores y, lo más grave, la invasión en 1862 del ejército de Napoleón III de Francia y la imposición de un emperador extranjero, Maximiliano I de Habsburgo
Las sociedades latinoamericanas luego de la Independencia
La
lucha por la Independencia tuvo serias consecuencias para las naciones
latinoamericanas recién liberadas: a la inmensa cantidad de muertos los países
tenían que sumar la crisis económica producto de los años de caos agrícola y
comercial, y las grandes deudas con las que comenzaban su vida las naciones por
las compras de armas y pertrechos para los distintos ejércitos
independentistas. Por otro lado, la independencia no aseguró el fin de los conflictos;
al contrario, las rivalidades regionales y las luchas políticas –sobre todo
entre federalistas y centralistas, y entre liberales y conservadores–
desembocaron muchas veces en guerras civiles. La gran mayoría de la población
quedó marginada por su raza, por su pobreza, por analfabeta, y sufrió las
peores consecuencias de estos conflictos. Por ello, el poder político en los
nuevos países resultó débil y las raíces democráticas poco profundas. La
preponderancia que habían alcanzado los ejércitos promovió, a su vez, el
caudillismo, es decir, la ambición de mando de hombres fuertes, respaldados por
las armas que, cuando alcanzaban el poder, gobernaban despóticamente e
intentaban eternizarse en él. Estos pasos iniciales no solo vacilantes sino, a
veces, bastante anárquicos y violentos, conspiraron para que no cuajara rápido
el proceso de formación de los Estados nacionales. No era solo un nombre y una
Constitución, había que crear un mercado nacional. Para esto se requería vías
de comunicación, una moneda nacional mínimamente solvente y fronteras
definidas, lo que, a su vez, generaría conflictos entre los distintos países.
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